La captura by Kathryn Lasky

La captura by Kathryn Lasky

autor:Kathryn Lasky [Lasky, Kathryn]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
Tags: Fantástico
publicado: 2003-05-31T22:00:00+00:00


CAPÍTULO 16

La historia de Hortense

Pero antes tenían que hablar con Hortense. Desde luego, no se trataba sólo de elegir el momento oportuno, sino también las palabras adecuadas. El momento era muy sencillo. La noche siguiente, Soren y Gylfie se las arreglaron para sincronizar sus turnos de manera que Soren descansara de sus obligaciones como clueca mientras Gylfie todavía cumplía con su trabajo de cuidador de musgo. Soren pidió permiso para ayudar a su amigo a entregar musgo y se lo concedieron, pues seguía habiendo escasez tanto en la incubadora como en el huevárium. Juntos se dirigieron hasta la lejana cornisa donde Hortense, esa noche, empollaba sobre un nido muy grande que contenía por lo menos ocho huevos.

—¡Uf! —resopló Soren—. Menuda ascensión.

—Es facilísimo. —Gylfie avanzaba dando saltos—. Uno llega a acostumbrarse. Muy bien, ya sabes lo que hay que hacer. Tú empiezas.

Era Soren quien había propuesto las primeras palabras… o palabra. Se trataba de un nombre: «Hortense.» Y el discurso era sencillo.

Se acercaban a lo alto de la cornisa. El viento soplaba con fuerza. De hecho, era la primera vez que Soren notaba el viento desde su llegada a San Aegolius. Unos nubarrones plateados pasaban velozmente por el cielo. Ese era el sitio de las lechuzas: en las alturas, con el viento, el cielo y las estrellas que se arremolinaban en la noche. Se sentía vigorizado y lleno de confianza.

—Bienvenidos, 25-2 y 12-1, a mi humilde morada.

Soren dejó caer el musgo que portaba en el pico dentro del nido, y Hortense procedió a introducirlo en los huecos y resquicios.

—¡Hortense!

Hortense levantó la vista y lo miró, parpadeando. Sus ojos amarillos se empañaron con la mirada ofuscada por la luna.

—Hortense, esto no es humilde, éste es el sitio de las lechuzas, los búhos, los cárabos y los mochuelos: elevado, cerca del viento, cerca del cielo, cerca del latido de la noche —dijo Soren. «Asombroso», pensó Gylfie. Quizá Soren no conocía la palabra «revolución», pero esa lechuza sabía hablar—. Hortense, tú eres una cárabo manchado.

—Soy la número 12-8.

—No, no lo eres, Hortense —dijo Soren, y esas palabras dieron el pie a Gylfie.

—Hortense, corta el rollo, chica. Tú eres Hortense y te vi actuar no como 12-8 sino como Hortense, la cárabo manchado valiente e imaginativo. Te vi entregar un huevo de este nido a un águila.

En ese momento Hortense volvió a parpadear y el aturdimiento abandonó sus ojos, simplemente se disipó como la niebla en un día soleado.

—¿Lo viste?

—Lo vi, Hortense —afirmó con voz dulce Gylfie—. Tú no estás más ofuscada por la luna que nosotros.

—Tenía mis sospechas sobre vosotros dos —admitió Hortense en voz baja.

Su mirada ganó intensidad y brillo. De hecho, Soren pensó que eran los ojos de ave rapaz más hermosos que había visto nunca. Marrón intenso, como la charca quieta en el bosque que había contemplado desde el nido de su familia en el abeto. Pero había además una especie de luz vacilante en ellos. Unas manchas de color blanco le punteaban la nuca y todo su cuerpo aparecía moteado de tonos ambarinos y marrones, salpicados de lunares blancos como estrellas difuminadas.



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